martes, 14 de marzo de 2017

DON GABRIEL

ColumnaSinNombre
@pablojair

A las 7.30 nos avisa un amigo por eso que llaman Whatsapp: “Falleció Gabriel Arellano a las 3 de la mañana”.

Sabía que había estado enfermo en los últimos días y debo confesar que ahora me arrepiento de no haberle llamado para preguntarle cómo estaba. Quizás porque pensaba que se iba a recuperar; quizás porque la última vez que hablamos dijo que estaba muy bien; de hecho, bromeó como siempre, comentamos la grilla acostumbrada y soltaba su característica carcajada.

Recién llegado a Xalapa, un día el maestro Vázquez Chagoya me pregunto si me interesaba colaborar en la revista de un amigo e hizo contacto con Gabriel Arellano López, a quien vería a las 3 de la tarde en el restaurante Finca Andrade, de Coatepec. Tuve el desatino de retrasarme como por 10 minutos, y con eso de que para mí Xalapa era algo así como Londres (a veces, ya no tanto), temía que la impuntualidad fuese castigada con un “No, pos ahora te vas a la gaver” y ahí me quedara sentado con cara de buey por andar llegando tarde. 

Pero no, ahí estaba Don Gabriel tomándose un té frío de manzanilla, checando su Palm, que era lo más nice de ese momento. Ya sabe, aquel de la plumita antes de que llegaran los smartphones de pantalla touch.

En ese entonces, entendía por “colaborar” al trabajo gratuito a cambio de que el autor se diera a conocer con el puro crédito. Además, recién desempacado en la capital veracruzana, entendía que la dinámica iba a ser así porque aquí nadie me conocía ni tampoco tenía (ni tengo) el renombre para pedir dinero a cambio de textos. Eso nomás para los profesionales.

Le mandé artículos de fondo en tiempo y forma… y pasaron los días. Una tarde recibí una llamada al celular y era Don Gabriel preguntándome que si iba a cobrar o no. La neta lo primero que pensé fue: “¿Neta me va a pagar? ¿Así le hacen aquí en Xalapa?”.

Con Don Gabriel fue creciendo la amistad. Alguna vez también lo acompañé a una comida del entonces dirigente del PRI estatal, José Francisco Yunes Zorrilla, allá en la lujosa quinta que tiene en Perote, donde aprendí que allá sí hace frío y además la importancia de una chimenea más allá de la decoración.

En otras ocasiones pudimos reunirnos en su domicilio a platicar y concatenar la creación del portal web de HECHOS, el problema es que en ese entonces partiríamos para Coatzacoalcos para fundar Notisur, y le quedé mal al amigo, pero tenía que cumplir con el patrón César.

Luego de varios meses lo encontramos en el restaurante California, de Plaza Ánimas, donde tenía la impresión que le gustaba ir seguido, así como cuando platicaba que se escapaba con su familia rumbo a La Joya a comer caldos.

Tuvimos varias llamadas para intercambiar puntos de vista de los hechos políticos de Veracruz. Una frase que me quedó grabada fue que los periodistas debíamos agradecerle profundamente a Javier Duarte porque gracias a que el hijo de su tapudrema nunca pagó los convenios a los medios, aprendimos a sobrevivir sin el gobierno… Y soltaba la acostumbrada carcajada.

Se puede decir que Don Gabriel estuvo siempre al pendiente de su familia y también de sus amigos. Estuvo a la disposición de ayudar, y muy devoto como era, también sabía compartir lo ganado como buen cristiano.

Ahora Don Gabriel debe estar con el patrón César a las grandes pláticas, como cuando editaban el semanario Cabildo y el minatitleco le preguntaba en tono de broma: “Oye, Gabriel, ¿y ahora a quién vamos a chingar esta semana?”.

Descanse, Don Gabriel. Muy agradecido por el apoyo, por los consejos, por su amistad.

EPÍLOGO: También esta noche de lunes nos enteramos del fallecimiento del amigo Jose Antulio Valdez Castelán, ex jefe de la Unidad Administrativa en la Coordinación de Comunicación Social, a quien tuvimos la oportunidad de saludar diariamente y estarlo castrando a cada rato por los viáticos del pool de prensa cuando salía de gira el gobernador. Lamento mucho también su partida; mi sentido pésame para su familia. Descanse en paz.

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